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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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En este pueblo del estado de Oaxaca casi no hay hombres. Los jóvenes, los fuertes, los que están llenos de sueños de un futuro mejor y cargados de frustraciones con su país, ya se fueron. Al norte ¿a dónde más?

Por la mañana, antes de las nueve, se puede ver a las mujeres llevando a sus hijos, bien peinaditos y con un saco de cuadros rojos y blancos, al kinder del pueblo. Los hombres brillan por su ausencia. Pero es fácil ver donde vivían.

A los hombres los han cambiado por platos de satélite. Y por casas recién pintadas de amarillo y azul. Y por calles empedradas, bien alumbradas y con arbolitos en los camellones. Y por un gran estanque para almacenar el agua que baja siempre de prisa por las montañas. Y por ropa para sus hijos. Y por camionetas del año.Y por comida para sus familias.

"¿De qué viven aquí?" le pregunté a Mariana, una mujer que hablaba con una sonrisa pero sin miedo. "`Pus' de los dólares que nos envían de allá."

Los que se quedan viven de los que se fueron. Aquí no hay mucho más que hacer. La única fábrica de textiles del pueblo, luego de una larga batalla y múltiples cambios de dueño, acaba de ser cerrada. El campo no alcanza ni para sobrevivir; y no hay chambas para los jóvenes que forman parte del millón que cada año se suman en todo el país al mercado laboral.

A pesar de que México tiene una forma ridículamente ilusoria de medir el desempleo -- el gobierno dice que es solo del 3.9 por ciento cuando todos sabemos que es mucho mayor -- la realidad de la calle ahoga las cifras oficiales.

El desempleo aumentó en México, como quiera que lo midan, durante la primera mitad del 2005, según la Organizacion Internacional del Trabajo y eso es algo que se siente en San Agustín Etla. Dicho de otra manera, los jóvenes no pueden conseguir un buen empleo si se quedan a vivir aquí. Y esa es una gran pena; para ellos, para sus familias y para el gobierno y para el país.

En San Agustín solo se ven mujeres, niños y ancianos. Jacobo Ramos es de los que se quedaron. A sus 74 años tiene un cuerpo esbelto y unas manos que aprietan. Se nota que se ha mantenido activo toda su vida.
La pobreza, dirían esos cínicos gubernamentales, es buena para evitar la gordura. Alguna vez, como todos los habitantes de este pueblo, Don Jacobo tuvo la oportunidad de irse a trabajar a Estados Unidos.

Pero su tierra y su familia pudo más. Esos eran otros tiempos. Ahora sus dos hijos y su hija viven en el norte de Estados Unidos "donde hace reteharto frío pero ¿qué le van a hacer si por allá están los trabajos?"

Don Jacobo, que tiene una mente lúcida y una memoria a prueba de mentiras, me contó como su pueblo se fue despoblando de sangre joven gota a gota.

"Ahora hasta las mujeres se estan yendo," me dijo. "Primero se van los hombres y luego mandan llamar a sus esposas y a sus hijos."

El día que platicamos había boda en el pueblo.

"Un muchacho se fué nueve meses a Estados Unidos p'a conseguir dinero p'a la boda," me contó Don Jacobo, "y acaba de regresar." Ya llevaban dos días con música de banda, de esa con la que el novio Se movía con un pavo sobre los hombros en el tradicional "baile del guajolote." Tan pronto como regresara el guajolote, que era prestado, se retachaba con esposa nueva a los "yunai estei."

El que se va lo hace por algo que lo atrae del exterior pero, también, por que algo lo expulsa de su pais. Y en México hay un "hartazgo del presente" -- como el célebre académico mexicano Lorenzo Meyer lo describió recientemente -- que corre a patadas a los propios mexicanos de su país.

La gente está harta de la falta de trabajo, harta del crimen, harta de promesas incumplidas, harta de que la corrupción y las amenazas a los periodistas sean todavía parte de los colores patrios, harta de sus políticos mediocres, harta de la ceguera nacional, harta de seguir esperando que las cosas cambien.

A México le falta dirección. Punto. En estos embarrados tiempos políticos donde no hay ni a quien ir, lo que se destaca de los suspirantes presidenciales es su pequeñez para pensar. Las ideas que nos ofrecen para el próximo sexenio suenan trilladas y minúsculas, del tamaño de sus meñiques.

En el país se respira una inusitada ansiedad; es como si los mexicanos vivieran con una camisa de fuerza. Es la enorme incomodidad con el presente y la gigantesca angustia que genera el no tener fe al futuro político,
no importa de que bandera o partido se vista.

Nadie habla de un gran México, de un México triunfador, de un México que pueda. Los precandidatos presidenciales nos ofrecen en cambio un Mexiquito,temeroso, que da pasitos porque le da miedo caerse. Y, lo peor, es que no les creemos nada porque lo único relativamente seguro es que uno de ellos y su camarilla se enriquecerán cuando lleguen al poder.

Preguntas: Lo primero que tenemos que saber de muchos de las aspirantes a la presidencia de México es ¿cómo le hicieron ellos y sus hijos para tener tanto dinero?

Estoy asombrado de las avionetas y de las casas y de los terrenos y de los recursos que, sin empacho, presumen los precandidatos en la prensa nacional. Si llevan casi toda su vida en la política con salarios de absoluta medianía ¿de dónde sacaron tanta lana?

Primero que contesten eso y ya luego que sigan con sus campañitas y sus campanitas.

El México amañado, donde conviven políticos y narcos, el de las familias que se sienten y actúan como si fueran dueñas del país, el que se maneja en la oscuridad y en la impunidad, en el que se enriquecen unos pocos a costa del resto -- y que nos describe maravillosamente y dolorosamente bien Héctor Aguilar Camín en su última novela "La Conspiracion de la Fortuna" -- sigue presente. Los zopilotes del pasado aún acechan. Y esto lo saben los que se quedan.

"A estas alturas," me comentó entre resignado y reflexivo Don Jacobo al final de nuestra platica "¿ya p'a que me voy?"

Mejor se aguanta. Pero cientos de miles de jóvenes mexicanos no quieren aguantarse más y por eso el país se nos está yendo por el sombrero.

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