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Los Silencios que Matan

Los Silencios que Matan

Jorge Ramos
Periodista Internacional

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“¿Por qué la mayoría de los gobiernos de América Latina guarda silencio sobre lo que está ocurriendo en Cuba? Necesitamos su solidaridad.” Esto lo escribió en su página de Twitter, la bloguera Yoani Sanchez el 14 de marzo a las 9;36 de la noche (@yoanisanchez).
En ese momento todos los gobiernos de América Latina habían guardado un silencio complice y cobarde sobre la muerte del disidente político, Orlando Zapata, y sobre las violaciones a los derechos humanos en las cárceles cubanas. Y tuvo que pasar mucho tiempo para que se escucharan las primeras críticas. El mismo día que muere Orlando Zapata en la Habana -el 23 de febrero, tras una huelga de hambre de 86 días- hay una foto de los 32 líderes de América Latina y el Caribe reunidos en Cancún; aparecen sonrientes y sin decir nada sobre Zapata.
Quizás en el instante que tomaron la foto los mandatarios no sabían de la muerte de Zapata. Pero ya la prensa había reportado ampliamente sobre su precario estado de salud. Raúl Castro es uno de los que más sonríe en la foto.
Luego vino lo peor. El presidente de Brasil, Lula da Silva, visitó Cuba y, lejos de denunciar la muerte de Zapata, la justificó. “La huelga de hambre no puede ser usada como un pretexto de derechos humanos para liberar a las personas”, dijo a la prensa a su regreso en Brasil. “Imagínense si todos los bandidos que están presos en Sao Paulo entrasen en huelga de hambre y exigiesen libertad”.
El presidente de Boliva, Evo Morales, fue más explícito. Le llamó “delincuente” a Zapata, a pesar de haber sido encarcelado exclusivamente por su forma de pensar.
“Este es un problema interno de Cuba, pero se hace un escándalo internacional porque un cubano ha muerto en una huelga de hambre”.
El gobierno del presidente salvadoreño, Mauricio Funes, no pudo haber escogido un peor momento para reabir su embajada en Cuba. Si ya habían pasado 48 años sin embajada ¿no podían haber esperado unas circunstancias más propicias?
Ni el canciller salvadoreño ni la primera dama, Vanda Pignato –quien cortó la cinta de apertura de la embajada- se atrevieron, ni siquiera, a mencionar el nombre de Zapata o de Guillermo Fariñas, otro disidente que ya había comenzado su huelga de hambre.
Ya veremos si cuando el presidente Funes vaya a La Habana próximamente pueda pedir para los cubanos las mismas libertades que quiere para los salvadoreños. En Cuba hay
247 prisioneros políticos, según el conteo de Elizardo Sanchez de la Comisión de Derechos Humanos de Cuba, y la mayoría de los gobiernos latinoamericanos no se han atrevido a denunciarlo. Son silencios que matan.
El primero en romper el bloqueo del silencio fue el nuevo presidente de Chile, Sebastián Piñera, quien denunció la muerte de Zapata y pidió una transición a la democracia en Cuba.
Le siguió el presidente de Costa Rica, Oscar Arias. 'Los presos políticos no existen en las democracias”, dijo Arias. “Cuba puede hacer todos los esfuerzos de oratoria que desee para vender la idea de que es una democracia especial, pero cada preso político niega en la práctica esa afirmación…cada preso político es una prueba irrefutable de autoritarismo”.
Siguió México. “México exhorta al gobierno cubano a realizar las acciones necesarias para proteger la salud y la dignidad de todos sus prisioneros”, dijo con tibieza la cancillería.
La declaración de México no fue tan contundente como la de Arias, pero pone en peligro el tan pospuesto viaje del presidente Felipe Calderón a Cuba.
Otras declaraciones, más o menos fuertes, vinieron después. Pero lo que hay que destacar es que dos disidentes políticos, Orlando Zapata y Guillermo Fariñas, cambiaron la manera como el mundo ve a Cuba.
Hoy nadie puede negar que Cuba es una dictadura que tortura y mata a los que piensan distinto. Lo que queremos, me dijo Fariñas en una entrevista telefónica desde el hospital, es “demostrar al mundo la crueldad, la esencia criminal del gobierno cubano”.
Sí, Cuba puede cambiar desde dentro. Fariñas, Zapata, Yoani y las Damas de Blanco lo están demostrando. Pero cuando eso ocurre, América Latina no se puede –no se debe- quedar callada.

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