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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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La esperanza y euforia que Barack Obama trajo a Estados Unidos hace poco más de un año se ha transformado en un grisaceo e incómodo malestar. Como esos dolores de cabeza que son leves pero constantes, este malestar no tiene un solo origen. Es provocado por muchas cosas.

Ese malestar surgió con más fuerza que nunca en Massachusetts. Fue ahí que el candidato Republicano, Scott Brown, le arrancó a los Demócratas el puesto en el senado que tuvo durante 47 años el fallecido Ted Kennedy.

Sin duda hizo una mucho mejor campaña que la Demócrata, Martha Coakley. Pero eso no lo explica todo.

El resultado en Massachusetts es un voto de castigo en contra del presidente Barack Obama. “La angustia y frustración que hay en el país por la situación económica que estamos viviendo”, dijo el portavoz presidencial, Robert Gibbs, es lo que provocó este voto.

Y el presidente Obama “es uno de los que está frustrado por la lentitud de la recuperación económica”. Los norteamericanos están frustrados porque uno de cada 10 no tiene trabajo. Hay 15 millones de desempleados en el país. Además, millones más siguen en peligro de perder sus casas.

Y ante la pregunta de si estás hoy mejor o peor que hace un año, pocos pueden decir que las cosas han mejorado. La frustración empezó a crecer cuando, tanto el gobierno de George W. Bush como el de Barack Obama, gastaron una millonada para ayudar a los más grandes: a los bancos, a las empresas financieras y a las compañías automotrices. La pregunta de los estadounidenses es legítima: ¿por qué les ayudaron a los más ricos y a mí no?

La respuesta oficial –que las cosas estarían mucho peor si no hubieran ayudado a los sectores financiero y automotriz- no son un consuelo para los que han perdido empleo, casa, seguro médico y esperanza. “Tenemos mucho más que hacer”, reconoció en una entrevista Cecilia Muñoz, la hispana que trabaja más de cerca con el presidente Obama en la Casa Blanca. “Necesitamos una reforma de inmigración; es parte de la reconstrucción de la economía”.

La ausencia de una legalización de 12 millones de indocumentados alimenta la frustración de muchos latinos. La posibilidad de una reforma migratoria sigue siendo una prioridad del gobierno de Obama, pero sin el activo apoyo del congreso no va
a pasar nada en el 2010. Mientras tanto, los hispanos son los más golpeados: el desempleo (13%) y la pobreza (23%) es mucho más alta entre los latinos que entre otros grupos minoritarios del país.

El malestar también viene de fuera. A los problemas internos se suma el temor de otro ataque terrorista. Los miles de millones de dólares que se han gastado en nuevas tecnologías y en proteger a la industria de la aviación no fueron suficientes para que un nigeriano con explosivos en su ropa interior se subiera a un avión y lo tratara de destuir antes de llegar a Detroit el día de navidad.

El sistema no funcionó. Casi 9 años después de los atentados terroristas en Nueva York, Washington y Pennsylvania –y dos guerras más tarde- todavía somos vulnerables a un pequeño grupo de extremistas obsesionado con matar a civiles estadounidenses en un avión. El malestar surge porque los norteamericanos han sido golpeados donde más les duele: en su bolsillo y en su seguridad personal. Esto explica la votación en Massachusetts y la caída en la popularidad del presidente Obama.

Del 67 por ciento hace un año, Obama apenas roza hoy el 50 por ciento de aprobación, según la mayoría de las encuestas.

Barack Obama, no hay duda, es un presidente que aprende muy rápido. Pero el malestar y frustración de los norteamericanos han repuntado al darse cuenta que las mejores intenciones de un solo hombre en la Casa Blanca no han sido suficientes para sacarnos rápidamente de la crisis económica y del sentimiento de inseguridad ante los terroristas.

Apenas estamos en enero y el 2010 ya se antoja como un año sumamente largo.

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