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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Lo único que pedimos quienes compramos un boleto de avión es llegar a tiempo a la ciudad que queremos, con todas nuestras maletas y sin morirnos por un acto terrorista. Pero parece que estamos pidiendo mucho.

Desde navidad, el 70 por ciento de los vuelos que salen de Dallas, el 55 por ciento de los que parten de Chicago y el 52 por ciento de los que despegan de Miami se han retrasado, según datos de la empresa FlightStats.

Es cierto que el mal tiempo y las nuevas medidas de seguridad son, en parte, responsables de los retrasos. Pero algo anda mal cuando más de la mitad de los vuelos no salen a tiempo. Es falta de planeación.

Las maletas a veces llegan y a veces no. Mi hija, hace poco, pasó cuatro días sin las suyas. Si las aerolineas pueden saber si los aviones llevan maletas de pasajeros que aún no han abordado, entonces ¿por qué no nos avisan a los pasajeros cuando nuestras maletas no van en el avión? Solo nos enteramos al llegar sin, siquiera, un cepillo de dientes.

Al final de cuentas, yo aguanto todo mientras me lleven seguro y vivo a mi destino. Pero esto tampoco lo tenemos garantizado.

El vuelo de Los Angeles a Singapur se tarda 17 horas y 55 minutos, tiempo más que suficiente para pensar sobre las nuevas medidas de seguridad en los aviones.

Hice el viaje poco después de que un nigeriano intentara hacer explotar un avión que iba de Amsterdam a Detroit. Si no hubiera sido por su estupidez, y por la valiente acción de los pasajeros y la tripulación del vuelo 53 de Northwest, casi 300 personas hubieran muerto.

Todo falló. Umar Farouk Abdulmutallab, de 23 años, no debía tener una visa para viajar a Estados Unidos. Y la tenía.

Nunca debieron dejarlo comprar un boleto de $ 2,831 dólares, en efectivo, sin checar maletas, y subirse al avión. Y se subió.

Y los sistemas de vigilancia debieron detectar que llevaba explosivos en su ropa interior. Pero nadie se dio cuenta.

Con este intento terrorista, el presidente Barack Obama ha perdido su inocencia. Quizás él creía que cerrando la cárcel de Guantánamo, poniendo fin a la guerra en Irak y buscando un diálogo con los países musulmanes, los terroristas de al Qaeda suspenderían sus ataques contra Estados Unidos. Pero eso fue solo una ilusión.

“Estamos en guerra”, declaró Obama hace poco. Igual que lo dijo el ex presidente George
W. Bush después de los ataques del 11 de septiembre del 2001. Poco parece haber cambiado en 8 años.

Y más vale que nos vayamos acostumbrando. Estados Unidos cambió de presidente y de actitud ante el mundo, pero los terroristas siguen igual.

En otras partes del planeta lo han entendido antes que nosotros. Todas las veces que regresé a mi hotel en Bali, el auto en que iba era revisado para ver si llevaba explosivos. Antes de entrar a dos restaurantes en Jakarta tuve que pasar por un detector de metales y revisaron todas mis bolsas. Lo mismo ocurrió al visitar un centro comercial. Los indonesios saben que los terroristas, literalmente, están a la vuelta de la esquina. Indonesia, el país musulmán más grande del mundo, ha sufrido y aprendido de varios actos terroristas.

Y la población ha tenido que aceptar su nuevo modo de vida. Eso es mejor que un nuevo modo de muerte. Y ahora nos toca a nosotros entenderlo. La aerolinea que tomé de Tokio a Los Angeles me advirtió al recoger mi pase de abordar que las cosas habían cambiado y que todos los pasajeros en vuelos hacia Estados Unidos tendríamos que pasar por una revisión exhaustiva. Así fue.

Pasé seis inspecciones. Me revisaron de arriba a abajo. Al final, una avergonzada agente japonesa se disculpó antes de tocarme casi todo el cuerpo para asegurarse que no llevara armas o explosivos como el nigeriano. Cualquier cosa con tal de volar sin bombas.

Al llegar a mi asiento, tras casi dos horas de revisiones de seguridad, abrí una revista y me encontré la foto de Abdulmutallab.

Busqué en sus ojos algo que me explicara por qué quería matarse y por qué quería matar a los otros pasajeros del avión. Pero no encontré nada. Lo maldije y volví a cerrar la revista.

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