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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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La última década ha sido la peor de nuestras vidas. A menos que te haya tocado vivir el horror de la segunda guerra mundial (1939-1945), la década que comenzó en el 2000 ha estado plagada de miedo, guerras, ataques terroristas, la destrucción del medio ambiente y una prolongada crisis económica mundial.

Recuerdo perfectamente los temores a atentados terroristas al inicio del nuevo milenio. Pero lo que no pasó el 1 de enero del 2000 ocurrió el 11 de septiembre del 2001. Tres mil norteamericanos murieron por los ataques terroristas en Washington, Nueva York y Pennsylvania. Luego seguirían los ataques en Madrid (2004) y Londres (2005). Y más tarde, en menor escala, en otras ciudades como Bali (2005) y Mumbai (2008).

El cambio fue dramático. Antes que se estrellaran dos aviones en las torres gemelas de Nueva York la canción de moda era It's a Beautiful World del grupo U2, había crecimiento económico en casi todo el mundo y la discusión entre intelectuales era si, ante la ausencia de conflictos importantes, habíamos llegado al “fin de la historia”. No fue así. Más bien estábamos llegando al fin de la ingenuidad.

La guerra contra Afganistán comenzó en el 2001. Desde ahí se organizaron los ataques contra Estados Unidos. Pero el líder de al Qaeda, Osama bin Laden, sigue prófugo. ¿Alguien sabe dónde está? En marzo del 2003 el expresidente George W. Bush se inventó una guerra contra Irak y aún hoy Estados Unidos no sabe cómo salir de ahí. El costo de ambos conflictos ha sido extraordinariamente alto: decenas de miles de muertos, miles de millones de dólares y la terrible sensación de que poco o nada se ha conseguido a cambio. Los terroristas, lejos de disminuir en número, se han esparcido por todo el planeta.

En esta década también nos hemos matando lentamente.

Durante el último año enviamos a la atmósfera 29 mil millones de toneladas de gases contaminantes (23 por ciento más que la década anterior), según un panel de científicos de Naciones Unidas. Y eso le ha hecho varios hoyos a la capa de ozono. Los polos se están derritiendo y el nivel del mar está aumentando tanto que partes de países como las Maldivas pudieran quedar bajo el agua. El clima es cada más impredecible y extremo.

Y la culpa es nuestra. La NASA acaba de reportar que la última década fue la más caliente de la historia. Si el pronóstico del
tiempo es tormentoso, el de la economía es de neblina con frío. Cada país tiene su historia de horror. Y aquí en Estados Unidos hay 15 millones de personas sin empleo y más de 5 millones de familias han perdidos sus casas en los últimos dos años. Y cada vez hay más.

Nadie se salva. No me lo tienen que contar. En los últimos meses he estado en México, Honduras y España y sus crisis parecen mucho más profundas que la norteamericana.

Y se tardarán mucho más en salir. Los que dicen que la recesión ya terminó trabajan en Wall Street. La burbuja que se reventó en el 2007 –por préstamos impagables, ejecutivos avaros y gobiernos cómplices- ha enterrado en la pobreza y en la desesperanza a los que creían que se podía comprar una casa –o cualquier otra cosa- inflando las tarjetas de crédito.

Esta ha sido la década de la desilusión. Las guerras, el terrorismo del que nadie se salva, la paulatina destrucción del planeta y la crisis económica global justifican el patente pesimismo a finales del 2009. Pero es precisamente por la terrible década que hemos vivido que Barack Obama es visto en el mundo como una alternativa de optimismo, esperanza y cambio.

No debe sorprender a nadie que el presidente norteamericano sea mucho más popular en el extranjero que en su propio país. Y es en parte por discursos como el que acaba de pronunciar tras recibir el premio Nobel de la Paz en Oslo.

“Podemos reconocer que la opresión siempre estará con nosotros, y sin embargo buscar la justicia”, dijo Obama.

“Podemos admitir que existe la depravación y sin embargo buscar la dignidad. Podemos entender que habrá guerra y sin embargo buscar la paz. Podemos hacer esto; es la historia del progreso humano…y esta debe ser nuestra tarea en la tierra”. Más que un reconocimiento, el premio Nobel a Obama es un rechazo al pasado y una apuesta a favor de la persona que más puede hacer para ponerle fin a la década de la desilusión. Es, en realidad, casi un rezo.

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