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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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La gran ironía en Afganistán es que para ganar la guerra hay que salirse del país. Mientras el ejército de Estados Unidos y las fuerzas de la Organización de Países del Atlántico Norte (OTAN) sigan ahí, la posibilidad de una victoria se desvanece. La invasión de Afganistán era, para Estados Unidos, la “guerra buena”.

Su justificación era clarísima: el gobierno Taliban había apoyado y dado refugio al grupo Al Kaeda para realizar los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 que ocasionaron la muerte a casi 3 mil norteamericanos.

Había que acabar con el gobierno afgano para evitar otros ataques terroristas. La estrategia a corto plazo funcionó. No ha habido otro ataque terrorista en territorio norteamericano. Sin embargo, eso no significa que vivamos más seguros. Hubo ataques terribles en Londres y Madrid, capitales de países aliados a Estados Unidos en esta guerra.

Y ahora hay terroristas de Al Qaeda en varios países del mundo –incluyendo Paquistán, Yemen y Somalia- y los talibanes han recuperado una buena parte del territorio que habían perdido en Afganistán. No solo eso.

En los últimos tres años han aumentado dramáticamente los ataques suicidas y con bombas de fabricación casera. Más de 800 soldados norteamericanos han muerto en ese conflicto y todo parece indicar que las muertes continuarán. “El panorama es muy claro”, escribió recientemente el profesor de la Universidad de Chicago y experto en el tema, Robert Pope.

“Mientrás más tropas se envíen a Afganistán más sentirán sus pobladores que están bajo una ocupación extranjera y esto dará lugar a más ataques suicidas y otros ataques terroristas”.

Los británicos ocuparon Afganistán hace un siglo y perdieron la guerra ahí. Lo mismo le ocurrió a los rusos hace 30 años. Estados Unidos y los soldados de la OTAN están siguiendo exactamente el mismo camino.

Ocupar Afganistán es perderlo. La única forma de ganar es yéndose. No se trata, por supuesto, de permitir el regreso sin restricciones de los talibanes. Ellos fueron unos gobernantes represivos e intolerantes y, sin duda, acogerían nuevamente a Al Qaeda y a otros grupos terroristas antinorteamericanos.

Por lo tanto es preciso que existan bases militares extranjeras dentro de Afganistán y en países vecinos que impidan la planeación y realización de ataques terroristas desde ese país.

Pero eso es muy distinto a inventarse un gobierno y a construir una nación como ahora pretende hacer Estados Unidos. El objetivo debe ser atacar a los terroristas donde estén, no ocupar y reconstruir todos
los países que los albergan. El gobierno de presidente afgano Hamid Karzai, apoyado por los estadounidenses, es sumamente débil frente al creciente número de insurgentes y de pobladores dedicados el cultivo del opio.

Y su credibilidad y legitimidad ha quedado en entredicho por el evidente fraude en las pasadas elecciones. Karzai, sencillamente, no gobierna Afganistán. Otra elección no cambiará eso.

Estados Unidos tiene unos 67 mil soldados en Afganistán y ni siquiera los 40 mil más que ha solicitado el alto mando militar serían suficientes para controlar el país.

Enviar más soldados a un conflicto que se está perdiendo -al igual como ocurrió en Vietnam- solo prolonga la búsqueda de una solución permanente y alarga el establecimiento de una fecha de salida definitiva de los soldados.

Para ganar la guerra los afganos tienen que recuperar el control de su propio país y los extranjeros salirse de ahí. Es necesario establecer las condiciones para que eso ocurra. ¿Hasta cuándo van a quedarse las tropas norteamericanas en Afganistán?

¿Cuál es su misión? Urgen respuestas a estas preguntas. El nuevo premio Nobel de la paz está obligado a definir claramente el objetivo de la guerra en Afganistán y luego ponerle fin.

Ganar la guerra no significa quedarse ahí indefinidamente. Para ganar, hay que irse.

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