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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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Algunos sectores de Estados Unidos parecen estar promoviendo un peligroso clima de intolerancia. Y esa intolerancia está dirigida, fundamentalmente, en contra del presidente Barack Obama.

Algo está fuera de lugar cuando Obama gana el premio Nobel de la paz y varios norteamericanos, en lugar de celebrarlo o felicitarlo, se quejan y hasta parecen resentirlo. Esto va más allá de la muy saludable tradición democrática de oponerse a las ideas de un mandatario y debatirlas vigorosamente.

Se vale cuestionar la decisión del comité que otorga el premio Nobel. Sus miembros dicen que el presidente se lo ganó por promover la diplomacia y el multilateralismo, por buscar el fin de las armas nucleares para el año 2030, por ponerle fecha al cierre de la base naval de Guantánamo en Cuba y al retiro de las tropas de Irak, por dar el primer paso en el acercamiento hacia tres enemigos de Estados Unidos: Irán, Cuba y Corea del Norte. En pocas palabras, por dialogar y no bombardear; por ser distinto a George W. Bush.

Otros, sin duda, creen que Obama no se merecía el Nobel. El partido Republicano se preguntó “¿qué ha logrado el presidente Obama?”. Ocho meses en la Casa Blanca no son suficientes, dicen. Y en Europa hay quienes no entienden que el premio haya caído en el líder de un país involucrado en dos guerras. Todo eso se puede discutir y entender.

El problema es cuando se prefiere que le vaya mal al presidente aún a costa del bien del país.

Es inexplicable el júbilo de varios comentaristas de radio y televisión luego que Chicago perdiera frente a Río de Janeiro la sede de las olimpíadas en el 2016.

Estaban felices porque el presidente Obama no había logrado traer los juegos olímpicos a Estados Unidos. Prefirieron eso a anotarle una victoria diplomática al presidente.

Tampoco se vale oponerse o votar en contra de una reforma al sistema de salud -o a una reforma migratoria o del medio ambiente- solo para evitarle una victoria a Obama. Hay, por ejemplo, casi 50 millones de personas sin seguro médico que merecen un debate serio, sin venganzas personales.

El problema es cuando el ataque busca deslegitimar o descalificar la presidencia de Obama.

Los 'birthers' son un grupo de conspiradores que asegura que Obama nació en Kenya (como su padre) o que en realidad es ciudadano de Indonesia (donde vivió unos años de su infancia) y que, por lo tanto, no puede ser presidente
constitucional de Estados Unidos. De nada ha servido que en el 2007 la campaña de Obama hiciera público su certificado que establece que nació en Hawaii el 4 de agosto de 1961.

El problema es cuando los ataques son personales, con la intención de ofender y basados exclusivamente en opiniones, no en datos. El comentarista televisivo de ultra derecha, Glenn Beck, llamó recientemente “racista” al presidente Obama y aseguró que “tiene un odio profundo por la gente blanca o por la cultura de los blancos” . Millones ven, escuchan y repiten las ideas de Beck todas las semanas. Pero no ofreció ningún dato para justificar su extremista opinión.

La realidad es que Obama jamás ha hecho un comentario público contra la gente blanca. Al contrario; trabaja, promueve y convive con gente de todos los grupos étnicos todos los días.

¿A qué se deben todos estos ataques? Sin duda, hay quienes se oponen sinceramente a las ideas de Obama y quieren un gobierno que se involucre menos en la vida de los norteamericanos. Está bien: esto ocurre en cualquier democracia. Otros se ganan la vida con un micrófono y les da ratings atacar al presidente. Pero según el expresidente Jimmy Carter hay algo más. “Creo que una gran porción de la animosidad en contra del presidente Barack Obama está basada en el hecho de que él es un hombre negro” , dijo Carter en una entrevista. El hecho de que Barack Obama sea el primer afroamericano en la Casa Blanca no significa que el racismo haya desaparecido en Estados Unidos. Más bien, el racismo ya no puede evitar que alguien como él sea presidente. Eso es un avance.

Pero sigue presente.

Se vale criticar a un presidente e incluso oponerse a él. Eso es lo que hacemos los periodistas libres y los políticos responsables, todos los días, en una democracia.

Pero hay que hacerlo con ideas y argumentos. No con odio e intolerancia. Cuando eso ocurre, nadie, absolutamente nadie, se puede sentir seguro.

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