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Jorge Ramos
Periodista Internacional

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¿Cómo le explico a mi hijo Nicolás, de 11 años de edad, que en una escuela muy cercana a la suya un muchacho apuñaló a otro y lo mató? ¿Qué le digo? ¿Cómo? Eran aproximadamente las 9 de la mañana cuando dos jóvenes de 17 años de edad se empezaron a pelear cerca del gimnasio en la escuela secundaria de Coral Gables, en el sur de la Florida.

Sus amigos le dijeron a los periodistas que se pelearon por una chica. Pero, de pronto, algo terrible ocurrió. Uno de ellos sacó un cuchillo, según testigos, y apuñaló al otro 3 veces: en el pecho, cerca de la clavícula y en el estómago. Juan Carlos Rivera, que acababa de llegar de Cuba hace solo 5 meses, se desangró. Los paramédicos no pudieron hacer nada para salvarlo.

Esto, desafortunadamente, no es nuevo. Un niño de 14 años acuchilló y mató a otro en su escuela en el sur de la Florida en el 2004. En 1999 dos estudiantes de la escuela Columbine, en Colorado, asesinaron a 12 estudiantes y a un maestro antes de suicidarse. Y recuerdo perfectamente ir a la universidad de Virginia Tech hace dos años luego que un estudiante matara a 32 de sus compañeros. Las imágenes que vi aún me atormentan.

Desde entonces he tratado de entender, sin mucho éxito, qué es lo que hace que un niño mate a otro. ¿Por qué este tipo de violencia se da más en Estados Unidos que en otros países?

La violencia viene de la violencia. Un niño, generalmente, aprende en su casa cómo resolver sus problemas. Y si sus padres o familiares responden con golpes y empujones a los argumentos, eso lo absorbe y aprende el niño. Violencia en casa pronostica violencia en la calle. Por eso estoy en contra de las nalgadas, cachetadas, los gritos y los golpes a los niños. Eso solo les enseña la ley del más fuerte.

Si un adulto golpea a su hijo o hija, por cualquier razón, es muy posible que ese niño o niña actúe de la misma manera con sus compañeros. Pero hay más. No podemos olvidar que Estados Unidos lleva más de 8 años en guerra. Y las consecuencias de las guerras en Afganistán y en Irak también se sienten en casa. La guerra, por definición, es el fracaso. Es el fracaso del diálogo, de la política, de la diplomacia, de resolver nuestros conflictos
de manera pacífica.

Por ejemplo ¿cómo les explicamos a nuestros hijos la guerra en Irak? El gobierno del expresidente George W. Bush atacó un país que no tuvo nada que ver con los ataques del 11 de septiembre del 2001, su líder Saddam Hussein no estaba vinculado al terrorista Osama bin Laden, e Irak nunca tuvo armas de destrucción masiva.

A pesar de todo, Bush atacó. Hasta el momento han muerto más de 4,300 soldados norteamericanos en Irak. Y lo ocurrido en Irak tiene mucho que ver con lo ocurrido en la escuela pública Coral Gables High; son, los dos, ataques que no tienen justificación.

La violencia surge por la intolerancia a puntos de vista distintos. Y últimamente Estados Unidos ha estado cargado de casos de intolerancia. El congresista de Carolina del Sur, Joe Wilson, prefirió gritarle “¡Usted miente!” al presidente Barack Obama en el congreso en lugar de buscar un dialogo serio y constructivo sobre los inmigrantes indocumentados y el sistema de salud. El cantante Kanye West le quitó el micrófono a la cantante Taylor Swift en la ceremonia de entrega de premios de la cadena MTV; y todo, porque West creía que otro video debió haber ganado. Y la tenista Serena Williams amenazó públicamente con meterle una pelota en un lugar indescriptible a una jueza de línea que le quitó un punto en el reciente torneo en Nueva York, en vez de pedir cortésmente una revisión de la jugada. Estos son, todos, ejemplos del lenguaje de la intolerancia. Es el grito, el empujón y la amenaza por encima del diálogo y la discusión respetuosa.

¿Cómo le explico a mi hijo Nicolás que la fuerza, la imposición, los cuchillazos y la guerra no son manera de resolver nuestros problemas cuando eso es precisamente lo que le rodea?

Es, lo reconozco, una labor casi imposible; lo que él ve en la televisión, en la computadora, en los juegos de video, en la escuela de Coral Gables cerca de casa y en el país que le tocó nacer, sugiere exactamente lo contrario.

Pero no me voy a dejar. Ni a él. Nicolás: hablemos. Mucho. Hablemos esta noche hasta el cansancio o hasta que el sueño y la paz nos ganen.

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