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Maria Elena Salinas
Periodista Internacional

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Entre más tiempo pase, más lejos está Manuel Zelaya de ser reintegrado como presidente de Honduras. Y eso podría deberse a sus propias acciones. Zelaya fue derrocado el 28 de junio por el ejército que rodeó su casa en la madrugada y lo trasladó en piyama a Costa Rica.

El golpe causó alboroto en la comunidad internacional que denunció el hecho como un ataque a la democracia. Pero esa empatía parece estar disminuyendo.Estados Unidos estuvo entre los primeros países en condenar el golpe y exigir que Zelaya sea reintegrado como presidente, amenazando incluso con imponer sanciones económicas contra el gobierno de facto de Roberto Micheletti, ex presidente del congreso hondureño. La administración de Obama apoyó la mediación de la Organización de Estados Americanos en la disputa política, encabezada por el presidente costarricense Oscar Arias.

Hasta ahora, todos los esfuerzos diplomáticos han fallado y se ha hecho más y más difícil defender a Zelaya. Ante todo el gobierno provisional ha justificado el golpe explicando que fue Zelaya y no el ejército quien violó las normas jurídicas. Las intenciones de Zelaya de convocar a la fuerza un referéndum para cambiar la constitución, lo que podría llevarlo a su reelección, fueron consideradas ilegales por la Corte Suprema Hondureña.

A los hondureños también les preocupó su alineación con algunos de los líderes izquierdistas más radicales de Latinoamérica, como Hugo Chávez de Venezuela y Daniel Ortega de Nicaragua. Aun así a los gobiernos en la región se les hace difícil no condenar la remoción de un jefe de estado elegido democráticamente, especialmente uno que fue expulsado en piyama de su propio país.

Pero algunos esfuerzos recientes de Zelaya para volver a ocupar su lugar como cabeza del gobierno han comenzado a debilitar ese apoyo. Por ejemplo: su intento de entrar al país a la fuerza, cruzando la frontera con Nicaragua junto a centenares de sus partidarios.

La Secretaria de Estado, Hillary Clinton, llamó sus acciones “descuidadas”, y en mi entrevista reciente con el Presidente Barack Obama, él apoyó ese sentimiento.

“Debe existir una manera de arreglar esto sin crear situaciones potencialmente violentas pero a la vez sin que se establezca un mal precedente,” dijo el mandatario. Aunque Zelaya haya sido un crítico de EU en el pasado, el presidente Obama defendió la premisa de que un jefe de estado no debe ser retirado del poder en la mitad de su mandato.

“Dado la historia de golpes militares en Latinoamérica pensamos que
el enorme progreso que se ha hecho en la democracia debe continuar siendo apoyado”, dijo.

Sin embargo, durante la reciente cumbre en Guadalajara, México, con sus homólogos mexicano y canadiense, la paciencia de Obama pareció estar acabándose.

Respondiendo ante la insistencia de algunos de que Estados Unidos debe actuar con mayor fuerza para lograr el regreso de Zelaya al poder, Obama dijo que los que se quejan de que Estados Unidos no ha intervenido lo suficiente en Honduras son “las mismas personas que dicen que nosotros siempre intervenimos y que los yanquis deben retirarse de América Latina.”

“No puede manejarse de ambas maneras”, dijo, agregando que es posible que exista alguna hipocresía en su enfoque sobre las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica.

Zelaya no ha ayudado a su propia causa durante su gira relámpago por la región en busca de apoyo. Durante su visita a México, pocos días antes de la cumbre de Guadalajara el depuesto presidente aparentemente incomodó a su anfitrión, el presidente Felipe Calderón, después que lo recibiera con los honores de un jefe de estado y le hubiese expresado su apoyo. En una reunión separada con líderes izquierdistas, Zelaya dijo que es “más importante sentirse presidencial que ser el presidente,” en referencia directa al candidato izquierdista Andrés Manuel López Obrador

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