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Maria Elena Salinas
Periodista Internacional

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El espíritu competitivo esta vivito y coleando en la sociedad norteamericana. No importa si se trata de un evento deportivo o de una campaña política, parece que despierta lo mejor y lo peor de las personas. Durante la elección presidencial de éste año hemos visto ambas actitudes en su máxima expresión.

No hay nada como el sentimiento de ser relevante. Una elección tiene todo el potencial de hacer que la gente se sienta como que puede hacer una diferencia, como que pueden ser parte de un equipo que comparte sus ideales y que pueden trabajar juntos en algo que rendirá frutos. Y por supuesto, todos quieren estar en el lado ganador, por eso hacen cualquier cosa para alcanzar su objetivo. Esa idea provocó el entusiasmo por la campaña presidencial en millones de personas este año.

Estimuló a muchos que habían sido apáticos hacia la política a participar más activamente.

Vimos una cifra sin precedentes de voluntarios que trabajaron en las campañas y una cantidad inaudita de votantes registrados. La audiencia aumentó para las convenciones y los debates. En esta elección muchas personas tomaron el tiempo para enfocarse en los temas que afectan su vida cotidiana y los debatieron con pasión.

Este año más que nunca se escucharon voces con variedad de opiniones. Ha sido la elección más analizada y escudriñada de la historia. Esa es una señal clara de una democracia sana. Hasta que le salió su lado feo. El debate político es parte natural del proceso electoral en éste y en la mayoría de los países civilizados del mundo. Pero, de algún modo, el debate este año tuvo un tono particularmente negativo. No me refiero únicamente a los anuncios negativos. Solo hay que hacer un poco de memoria para recordar las campañas sucias que ha habido en el pasado.

Los encargados de las campañas saben que los anuncios negativos funcionan y les saben sacar provecho. Los mismos candidatos se aprovechan de cada foro que tengan, de entrevistas, discursos, debates, no sólo para vender sus propuestas, sino también para atacar a sus adversarios.

Las expresiones públicas de la negatividad en las campañas políticas son, desafortunadamente, una parte común del proceso. Lo vimos este año en algunos actos de campaña, donde simpatizantes de un candidato insultaban a su adversario. Luego estuvieron los casos más extremos en que se describieron por lo menos dos complots para asesinar a Barack Obama. Pero lo que alarma es el debate
cada vez más hostil entre los votantes, entre amigos e incluso entre miembros de una misma familia. Se ve por todas partes, en el trabajo, en fiestas, en escuelas, en Internet, en blogs e incluso en Facebook.

No miento. He visto a personas borrar a "amigos" en Facebook a causa de su postura política. Una persona que conozco se retiró de la lista de seguidores de Daddy Yankee después que éste diera su apoyo a John McCain.

Una partidaria de McCain tiene en su perfil una caricatura de Obama con Karl Marx como su compañero de fórmula y algunos de los comentarios acerca del candidato demócrata en su FunWall resultan irrepetibles.

Una mujer que organizaba un evento de recaudación de fondos en Miami se tomó el trabajo de ubicar a sus invitados en el salón de tal manera que no hubiese oportunidad a discusiones políticas entre ellos.

Una cena entre amigos una semana antes de la elección se convirtió en una riña entre partidarios de McCain y de Obama. Se supone que estábamos allí para celebrar, comer y tomar, pero terminamos discutiendo si Sarah Palin le quitaría a la mujer el derecho a elegir. Nada mejor para amargar un buen martini.

Es natural tener diferencias de opinión, pero algunos de estos debates políticos entre gente común y corriente significa no sólo el exponer los puntos de vista políticos que podrían haberse mantenido ocultos, sino también el destape del lado oscuro de algunos individuos: la ira, el odio, el temor a lo desconocido, incluso el racismo.

Una cosa es estar en desacuerdo con los puntos de vista de alguien, y otra es insultarla por ello.

Terminamos el ciclo de esta elección con un país amargamente dividido. Entre los muchos desafíos que el nuevo presidente encarará esta el de recobrar el civismo y el respeto en nuestra sociedad.

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