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Ya era hora. Mientras el presidente Bush continúa su gira por 60 ciudades, para convencer a los estadounidenses sobre la necesidad de reformar el Seguro Social, el gobierno ha preparado una "sala de guerra" para luchar contra los que sienten la necesidad de hablar pestes de Bush y de su plan, cada vez que tienen oportunidad de hacerlo.

Corrección: No hay un plan per se -sólo un pedido de reforma- lo que hace que la manera en que algunos demócratas se están comportando sea aún de peor gusto. Una cosa es que los políticos disparen a sus opositores al azar y critiquen propuestas que podrían traer dividendos con los electores. Pero ante la ausencia de un plan específico propio, lo que los demócratas están haciendo, en realidad, es tratar de desacreditar la idea de que el Seguro Social necesita ser reformado, de cualquier forma que sea.

Eso me indica un par de cosas. En primer lugar, alguna gente realmente se mete en política para evitar las matemáticas. Los demócratas están teniendo mucha dificultad en comprender algunos conceptos de matemáticas bastante básicos, uno de los cuales es que, con la inminente jubilación de más de 76 millones de miembros de la generación de posguerra, la presión económica sobre los trabajadores más jóvenes para mantener a esos jubilados será agobiante.

Los demócratas no son los únicos que no comprenden el asunto. Hay mucha gente que no lo entiende. Ha habido miembros de la generación de posguerra que me han dicho que el sistema está funcionando de lo más bien, y que mi generación simplemente tendrá que mantenerlos, como la generación de ellos mantuvo a la generación de la Segunda Guerra Mundial. Se dice fácil.

Sin embargo, los demócratas sí parecen comprender el concepto de pragmatismo político. Sus ataques a la reforma del Seguro Social muestran que no tienen reparo alguno en fastidiar a los jóvenes. Sin duda, es debido a que los jóvenes no acuden a las urnas en el mismo porcentaje en que lo hacen otros electores, particularmente los ancianos.

Puesto que no están presentando una alternativa a la reforma, los demócratas esencialmente están defendiendo el statu quo y preservando una situación que, si no se rectifica, tendrá como resultado tasas fiscales muy elevadas para cualquiera que no haya celebrado
aún su 40° aniversario.

Por ser un trabajador y contribuyente de 37 años, sé cuando me están faltando el respeto. Y no aprecio que se sacrifique mi bienestar económico y el de mis hijos, para que los demócratas puedan apuntarse tantos con los ancianos, la mayoría de los cuales se opone a que se modifique el Seguro Social. ¿Qué sentido tiene eso, de todas formas? Bajo el sistema de cuentas privadas sobre el que está hablando el presidente, así como con la mayoría de las propuestas que circulan en Washington, los estadounidenses mayores de 55 años no se verán afectados, haya o no reforma. Serán incluidos en el sistema actual.

Este debate se centra únicamente en cómo manejar la situación de los trabajadores más jóvenes.

Esta semana, el senador Chuck Hagel, de Nebraska, lo expresó claramente, al proponer su propia ley de reforma del Seguro Social. El plan de Hagel permitiría que los trabajadores establecieran un programa voluntario de cuentas de ahorro personales -pero concedería dicha opción sólo a aquellos trabajadores menores de 45 años. Hagel también quiere elevar la edad jubilatoria a 68 años, porque los estadounidenses están viviendo más en la actualidad.

El senador de Nebraska merece ser elogiado por tener el valor de poner algo específico sobre la mesa. Si otros miembros del Congreso hicieran lo mismo, el debate podría ser provechoso. Lo mismo se aplica a la Casa Blanca, que también necesita ser más específica.

Bush debería dejar de describir la actual situación como una "crisis" -a menos que aclare qué es tan crítico. No es la eventual insolvencia del programa -que algunos críticos están dispuestos a refutar- sino que los trabajadores jóvenes deben pagar para que el programa siga siendo solvente. También, en lugar de sonar como un disco rayado al promover las cuentas privadas, debería comenzar a defender otro tipo de reformas, como por ejemplo, elevar la edad jubilatoria, eliminar a los millonarios de las listas de beneficios, e indexar los beneficios de acuerdo a índices salariales, para que se incrementen en el transcurso del tiempo a una tasa razonable.

Considerando lo que está en juego, me alegro de que haya una sala de guerra. Espero que signifique que el gobierno está listo para ir a la guerra. Y preparado para hacerlo bien. Si lo hace mal, y sigue cometiendo el tipo de errores que ha hecho hasta ahora en este debate, podría incluso perjudicar
la causa mayor que sustenta a la reforma del Seguro Social: asegurar por lo menos una apariencia de justicia generacional.

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