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Lo admito: en la antiquísima guerra Supongo que no puedo echar la culpa a los demócratas por luchar contra el plan del presidente Bush para reformar el Seguro Social. Sólo me gustaría que, por el bienestar económico de las futuras generaciones, lucharan honestamente.

Hasta el momento no ha sido así. Primero, los demócratas se rieron de la idea de que hubiera una "crisis", haciendo la vista gorda a la realidad demográfica de que si hay menos trabajadores por jubilado, habrá una aplastante carga fiscal para la población activa. Los demócratas distorsionaron el plan del presidente para permitir que los trabajadores jóvenes invirtieran en cuentas privadas. Después, presentaron la absurda acusación de que los republicanos tienen un plan secreto para destruir no sólo el Seguro Social, sino también el legado del presidente Franklin Delano Roosevelt.

Y ahora, están tratando de detener el combate y declarar que el debate ha finalizado justo cuando acaba de empezar. Todo porque los demócratas ven una oportunidad de usar el tema del Seguro Social para asustar a algunos electores ancianos en las elecciones de 2006.

Entre los que están tratando el asunto con mala fe está Howard Dean. El nuevo presidente del Comité Demócrata Nacional considera que la propuesta del presidente es un "ardid" que cargará de deudas a las generaciones futuras.

Qué cara dura. Si a Dean realmente le importara el bienestar financiero de las generaciones futuras, sugeriría una manera de reformar el actual sistema, de manera que los trabajadores del futuro no se vean cargados con tasas fiscales astronómicas para mantenerlo a flote. Ése podría ser un argumento exitoso para los demócratas.

Pero el que se lleva el premio es el representante Charles Rangel, demócrata por Nueva York, quien insiste en que la reforma del Seguro Social está muerta y que el presidente Bush fue quien la mató.

Qué irresponsable. A Rangel evidentemente no le importa la inminente explosión de uno de los programas más venerados de los Estados Unidos, o lo que pueda significar esa explosión para todo aquél nacido después de 1960.

Y qué engañoso. La reforma del Seguro Social no está muerta. Es cierto, las encuestas indican que la mayoría de los estadounidenses ven el plan del presidente con cautela. Pero las mismas encuestas muestran también que muchos estadounidenses están convencidos de que el actual sistema no puede durar, y que muchos de ellos considerarían otras formas de arreglarlo.

Por ejemplo, aunque
a la gente no parece gustarle la idea de las cuentas privadas, es muy receptiva a beneficios proporcionales a los medios, para que los jubilados más ricos no drenen el sistema. Según una reciente encuesta de USA TODAY/CNN/Gallup, dos tercios de los encuestados aprobó limitar los beneficios de la jubilación a los ricos.

Me encantaría saber qué piensa Rangel de esa idea -o francamente, de cualquier reforma propuesta al sistema actual. Cuando se le preguntó al demócrata por Nueva York sobre sus propias ideas para salvar el Seguro Social, durante una aparición reciente en el programa "Encuentro con la prensa" de NBC, evadió la pregunta y pareció sugerir que si los republicanos eran inteligentes, harían otro tanto.

"Pueden agarrar ese hierro candente", dijo Rangel a Tim Russert. "No estoy pensando en hacerlo a menos que demócratas y republicanos trabajen juntos con el presidente".

Otra vez lo mismo, diputado. Rangel insiste en que todo plan para reformar el Seguro Social debe tener apoyo bipartidista, y sin embargo nunca pierde la oportunidad de usar el asunto para aporrear a Bush y otros republicanos. No es exactamente la mejor manera de lograr un esfuerzo bipartidista.

Todo el que piense que este debate se ha acabado está demostrando sólo una expresión de deseos. Comprendo la causa por la que los demócratas quieren que el asunto desaparezca. El debate los coloca en la incómoda posición de tener que escoger entre los intereses de dos grupos electorales que han cortejado durante años: los ancianos y los jóvenes.

Hasta ahora, los ancianos han sido una fácil elección. La mayoría de los demócratas del Congreso no tienen el valor de enfrentar al poderoso lobby de la tercera edad -en particular la AARP que cuenta con casi 40 millones de miembros- para forzar el tipo de cambios que una simple lectura de los datos demográficos indica que deberían tener lugar. De manera que prefieren vender a la gente joven que, porque no vota en la misma proporción que los ancianos, está destinada a llevarse la peor parte.

La gente joven necesita despertar y empezar a "sentir" el debate del Seguro Social antes de que sea demasiado tarde. Necesitan darse cuenta de que los demócratas han tomado una decisión, que equivale a un ataque a largo plazo contra el bienestar financiero de su generación. Después necesitan votar, y quizás presentarse como candidatos, y luchar para impedir que los impuestos
se eleven en las próximas décadas.

Cada vez que digo estas cosas, asustadizos miembros de la generación de posguerra me escriben y acusan de promover una guerra generacional. Pero la guerra ya ha comenzado, y lo que estoy diciendo es sólo una autodefensa generacional.

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