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Parte de que a uno lo respeten políticamente -y de que lo consideren como una fuerza a ser tenida en cuenta- es decidir qué batallas librar. La otra parte es decidir qué batallas no librar.

Los activistas que están armando la de San Quintín por la muerte de Suzie Marie Pena, de 19 meses de edad, después de un tiroteo, el 10 de julio, entre su padre y un equipo SWAT del Departamento de Policía de Los Ángeles, no han aprendido esa lección. El padre, José Raúl Pena, también murió en el lugar del hecho.

Una autopsia confirmó que la bala que mató a Suzie, pegándole en la cabeza, provino de un rifle de la policía. Las autoridades no saben aún quién la disparó. En el incidente participaron más de dos docenas de oficiales; 11 de ellos dispararon un total de más de 60 balas.

Eso es lo único que está claro. El resto es pura confusión. Después de todo, estamos hablando de Los Ángeles. En cualquier ciudad de Estados Unidos, la muerte sin sentido y probablemente evitable de un niño inocente sería un hecho trágico.

Pero cuando todo se desarrolla en el barril de pólvora que es la segunda ciudad de Estados Unidos en tamaño, la tragedia puede convertirse rápidamente en una mezcla combustible de descontento racial, prejuicios contra los inmigrantes, histeria anti-policía y otros ingredientes explosivos. Se está llevando a cabo una investigación interna del Departamento de Policía de Los Ángeles y pueden seguirle otras, si la población no está satisfecha con los resultados oficiales. Dado el nivel de atención que la gente está prestando a este caso, no es probable que haya un encubrimiento. Sin embargo, sería lógico pensar que la gente esperaría hasta que se presentaran todas las pruebas antes de apresurarse a condenar a la policía -o a exonerarla totalmente.

No en Los Ángeles. No en la ciudad en la que la imagen lo es todo, y donde todo el mundo -desde las bandas que pelean en las calles, hasta los abogados de altos honorarios y los agentes de las estrellas- pasa gran parte de su tiempo actuando para las cámaras y tratando de ser más macho que el otro.

Desde el tiroteo, William Bratton, jefe de policía, ha conducido una ofensiva para control de daños. Tras calificar al padre de "asesino a sangra fría", el recio
ex comisionado de la policía de Nueva York está tratando de pintar al individuo bajo la peor luz posible -lo más rápidamente posible. Caramba, eso no es tan difícil de lograr. Pena, un inmigrante ilegal de El Salvador que entró nuevamente a escondidas después de haber sido deportado, había amenazado presuntamente -el día del tiroteo- a varios miembros de su familia, entre los que estaba su hijastra adolescente, que fue la persona que llamó a la policía.

Según la policía, cuando llegó el equipo SWAT, encontró a Pena ebrio y bajo la influencia de drogas, blandiendo una pistola en una mano y con el otro brazo en torno a su hija. Incluso presentaron fotos de él sosteniendo a la niña mientras disparaba a los policías.

Al principio, la policía dijo que Pena había tomado a su hija como rehén. Pocos días después, se pulió la historia insistiendo en que la niña era más como un escudo humano. De cualquier forma, dijo la policía, la responsabilidad de esta trágica cadena de acontecimientos fue de Pena.

Mientras tanto, Lorena Lopez, madre de la niña muerta, está gritando a la prensa en español -y a cualquiera que quiera escucharla- que la policía mató a su bebé, que las autoridades deberían haber considerado la seguridad de su niña como máxima prioridad y que quiere justicia. Incluso tiene un abogado -oh, sorpresa- y planes de demandar al departamento de policía.

Y después están las historias laterales. Los activistas de la comunidad negra, muchos de los cuales han tenido sus propios enfrentamientos con la Policía de Los Ángeles, han acudido al apoyo de Lopez. Algunos de los miembros más ruidosos de la comunidad de inmigrantes latinos de Los Ángeles, están rojos de ira. Entre ellos se encuentra el necio que, según The Associated Press, gritó irresponsablemente, en español, en el funeral de la niña: "¡La policía es una asesina"!

No, no lo es. Son simplemente individuos comunes y corrientes que se encontraron en una situación desesperada, cuyo resultado probablemente los atormentará para siempre. George Gascon, subjefe de policía, ha reconocido que algunos de los oficiales que participaron en el hecho están experimentando "tremendos problemas psicológicos" y quizás no vuelvan a su trabajo.

Todo el asunto salió mal. ¿Pero qué opción tenía la policía? Las balas que le estaban disparando eran reales. Pregúntenle a Daniel Sánchez, oficial de los SWAT, que fue herido en el hombro y
tuvo que ser llevado a un lugar seguro por sus compañeros.

Estos individuos tienen sus propias familias e hijos, y la parte más importante de su ingrato trabajo es poder ir a casa cuando se acaba su turno. Los activistas deberían estar dispuestos a aceptar ese hecho.

Deberían comprender también que ésta es una batalla que quizás no valga la pena librar.

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