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Dos comentadores de un programa de entrevistas radiales de Los Ángeles casi pusieron el dedo en la llaga, al referirse al problema de la educación pública y la razón por la que los que tratan de reformarla se dan contra una pared de ladrillos. Ésta es la manera en que uno de ellos lo explica: "Es como si la única cosa que importara es lo que les conviene a los adultos y no lo que les conviene a los niños".

Bingo. Siempre terminamos en eso: los intereses en conflicto de los adultos que trabajan en el sistema escolar, y de los niños a los que, supuestamente, debe beneficiar el sistema.

El problema fue que los dos comentaristas -John Kobylt y Ken Chiampou- no fueron suficientemente lejos en el desarrollo de ese argumento. En cambio, se atascaron en lo que inició la charla sobre la educación en primer lugar: un artículo periodístico sobre el salario anual de 250.000 dólares de un superintendente del Sur de California.

Les molestaba a los comentaristas que el superintendente se llevara ese tremendo salario, mientras se apretaba a los estudiantes en clases portátiles.

He aquí lo que les debería haber molestado: no se trata sólo del dinero, la cuestión es que el hábito de poner el interés de los adultos primero, se extiende a todos los ámbitos. Ayuda a explicar por qué los maestros se apresuran a enterrar o luchar contra toda reforma propuesta, desde exámenes periódicos hasta pagas de acuerdo al mérito o formas de arreglar la educación especial.

Todo. Y la razón por la que está creando fricciones o hallando resistencia es porque contrapone los intereses de los adultos a aquellos de los niños. Y en el sistema escolar público, los adultos son los que llevan la batuta.

Oí la misma cosa hace unos 10 años durante un franco y honesto intercambio con un superintendente mexicano-americano del centro de California. Me dijo que, tal y como está organizado el sistema escolar, se hace todo -o, en el caso de las iniciativas de reforma, a menudo nada- para beneficiar a los adultos que dependen de ese sistema para ganarse el sustento.

Y escuché la misma cosa de Alan Bersin, superintendente de las escuelas unificadas de San Diego, un reformador agresivo que renunció recientemente, después de perder un combate con los sindicatos de los maestros y sus aliados en la
junta escolar. La cuestión es que Bersin no es ningún incauto. Es un tipo duro que fue fiscal federal y como tal procesó criminales corporativos, traficantes de drogas y figuras del crimen organizado. Uno podría pensar que era un buen contrincante para los sindicatos, que practican lo que el presidente Bush llama "la suave intolerancia de las bajas expectativas".

Pues están equivocados. Cuanto más trató Bersin de que las escuelas rindieran cuentas y establecieran metas de desempeño para los estudiantes, más se convirtió en blanco de los sindicatos. Esbozó un "anteproyecto" para elevar el desempeño de los estudiantes, y los sindicatos lo criticaron de tal forma, que finalmente perdió el apoyo de la mayoría de los cinco miembros de la junta escolar y acabaron echándolo. Ahora Bersin se dirige a Sacramento, para actuar como secretario de Educación de California, nombrado por el gobernador Arnold Schwarzenegger. Recientemente, Bersin se encontró con la junta editorial del San Diego Union-Tribune y compartió algunas lecciones que adquirió al enzarzarse en una batalla con los que mantienen el statu quo. Los estadounidense deben decidir qué es lo que quieren de las escuelas, dijo.

"¿Va a ser la escuela pública una empresa que brinde a los adultos lo que quieren para sus trabajos, o va a ser algo para servir a los niños?", preguntó.

Una de las cosas que ayuda a inclinar la balanza hacia la primera opción es el hecho de que los sindicatos de los maestros están metidos en las elecciones de la junta escolar.

Me enteré por primera vez de esta insidiosa práctica hace más o menos un año, cuando hablé con un grupo de miembros de una junta sobre la ley para la reforma educativa federal, Que No Quede Ningún Niño Atrás. Después de mi charla, uno de los miembros se me acercó y, tratando de explicar por qué la reacción había sido tan hostil, reveló que los candidatos a la junta escolar a menudo obtienen contribuciones de los sindicatos de los maestros, que se oponen totalmente a dicha ley.

Bersin reconoció que los sindicatos contribuyen a las elecciones de las juntas escolares en San Diego, aunque dijo que estaban simplemente aprovechando una "oportunidad que el sistema les proporciona". Ésa es una apreciación demasiado bondadosa. Esto es lo
que sucede.

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